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Conocimiento y comunicación: un bloque indisoluble

En múltiples ocasiones he leído comentarios mediante los cuales se critica la incapacidad de comunicación que manifiestan algunas personas que ocupan cargos de relevancia pública. En algunas revistas y blogs especializados en política, en economía y en Derecho, he tropezado con esas críticas sobre el Jefe de Gobierno español -Pedro Sánchez- por las contradicciones en las que incurre con frecuencia -según se indica- particularmente desde dos ángulos: la incoherencia material en las propuestas de políticas públicas y los errores propios de la construcción del discurso.

Aquí en nuestro medio, ambas deficiencias -de hacer y comunicar- se han visibilizado con especial énfasis en los poderes ejecutivo y legislativo en ocasión de la pandemia que nos azota. Las incoherencias en el poder legislativo entre el discurso y la legislación son cotidianas. La crítica al ejecutivo por su incapacidad de levantar el país es inconsecuente con la legislación que le aprueban “a su medida” bajo la errónea consigna de una “oposición responsable”. Atacan al ejecutivo en redes sociales, pero en el hemiciclo esconden su incapacidad gubernativa a través de una legislación que perjudica profundamente a la población que se supone representan.

La representación política que les fue otorgada mediante el sufragio, es para desempeñar el cargo en funcion de quienes les otorgaron esa representación, con independencia de si se satisfacen los deseos del presidente y de sus ministros. Esa conducta no es un defecto de comunicación, sino de incongruencia que se puede enlistar bajo alguna de las siguientes hipótesis: les resulta incomprensible lo que es la representación; que comprendiéndolo no les importa o les importa muy poco; tienen limitaciones para leer los acontecimientos sociales y legislar en concordancia o, simplemente, manifiestan temor y cautela por el riesgo de perder la posibilidad de seguir usufructuando del poder.

En el ámbito del poder ejecutivo, las dispersiones resultan más graves y peligrosas, en tanto se trata del órgano responsable de la administración del Estado, con un estrecho y cotidiano vínculo con la población; la coherencia entre la acción, el resultado y su comunicación es indispensable porque se trata del pilar central de su gestión.

Si esas constantes reflejadas en el desconcierto entre distintas oficinas del mismo órgano, en el discurso, la falta de decisión y las poses públicas, las limitamos a un problema de indebida comunicación, damos por sentado que tienen el conocimiento para darle respuesta a los problemas, pero que no saben cómo exponerlas.

Incurre en una contradicción quien así piensa, porque el conocimiento del objeto de estudio, debate o reflexión, facilita la comunicación; si el médico es incapaz de decirle al paciente con precisión y claridad cuál es exactamente su mal y la solución respectiva, no es un problema de comunicación, sino de conocimiento, de hecho cuanto mejor se conozca el objeto de estudio con mayor facilidad se podrán expresar todos sus detalles y explicarlo ante otras personas.

Los discursos altisonantes, la superabundancia oratoria y las peroratas sin fin, desnudan la ausencia de contenido, de realidad, con grandes posibilidades de que haya fines ocultos. El saber profundo y riguroso, conduce a la precision y concisión en el discurso y en la acción; lo que a veces no deja de generar problemas cuando el interlocutor o el perceptor carece del mismo nivel de entendimiento para comprender y decidir con la misma facilidad.

Finalmente, se debe recordar que la comunicación no es sinónimo de oratoria, porque esta solamente es una especie del género; está limitada a la comunicación oral nada más, el género es mucho más basto en formas y contenidos.

Dr. César Hines C.

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