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La interpretación constitucional generacional.


En un artículo anterior sobre la interpretación constitucional, hice referencia al tema de la interpretación constitucional bajo los supuestos de los cambios generacionales concretamente referidos a la doble circunstancia cuya consideración es de rigor al momento de analizar las discusiones constitucionales: a) la distinta psicología social que se presenta en un momento histórico y, b) los efectos y consecuencias sociológicas. a) la psicología social: La vocación de permanencia de las reglas constitucionales conducen a una amplitud interpretativa para su fácil adaptación a la dinámica social; sin embargo, hasta ahora, cuando se alude a la dinámica social, se ha pensado en los nuevos conocimientos científicos, tecnológicos, los cambios políticos y económicos, por tratarse de los que con más fácil apariencia trastocan el status quo que se refleja en: si se está frente a una sociedad rica o pobre, si el nivel de desempleo es alto o bajo, si hay más y mejores accesos a los recursos tecnológicos, si el poder gobernante es de derecho o de izquierda, etc. En esa vorágine existencial se han dejado de lado los cambios en el pensamiento individual y de grupo generacional que sin duda merecen un espacio de reflexión frente a la interpretación constitucional, porque aun cuando se trata de una situación particular en un momento histórico, sus repercusiones resultan de largo alcance, con efectos en las generaciones pasadas y por supuesto en las futuras.A inicios de la década del 90 y por toda la del 2000 y hasta 2010 (aproximadamente) los magistrados constitucionales gobernantes de la interpretación constitucional, pertenecían a una generación alimentada de cánones políticos y morales que al presente resultarían repudiables para la generación nacida a finales de los 80's y 90's, en tanto la interpretación constitucional se concentró en los límites y alcances del poder político y económico, pero, por el poder mismo, sin considerar los novedosos parámetros de medición aplicados por esas generaciones como consecuencia de una psicología social desconocida y por ello descontrolada, para las élites políticas y económicas. Me explico de otra manera: En los años 60's y 70's, los detentadores del poder lo eran tanto del poder público como del poder social; eran una especie de estrellas de cine a los que se les rendía tributo (sin motivo ni razón) y eso generó una percepción psicológica en la población sobre el poder y las personas que lo ostentaban que derivó en una ausencia total de cuestionamientos sobre las conductas públicas desplegadas por ellos.Frente a esa forma de ejercer el poder (en cualquiera de sus modalidades) la interpretación constitucional se inclinó hacia la confirmación de las conductas porque era la regla social. Esa forma de enfrentar los hechos forma parte del trastorno psicológico en relación con la escala de valores aplicada.Abiertamente contrarias son las conductas de una generación psicológicamente liberada, para quien la figura del político carece de un significado especial; de una generación cuya lectura socio política es más crítica y ácida (sin que signifique que sea correcta); son razones por las que deviene en inadmisible aferrarse a una interpretación constitucional sobre los valores y principios constitucionales, ahora ajenos a los parámetros de esa psicología social a la que se debe.El desapego a las investiduras de los más altos cargos de un Estado (sin rayar en el irrespeto) trastoca los parámetros de interpretación constitucional, cuya reflexión es ineludible para mantener la paz social, por la segunda razón señalada arriba: los efectos y consecuencias sociológicos. b) los efectos y consecuencias sociológicos: Este segundo componente disruptivo (para estar a la moda del lenguaje) es el punto de desencuentro generacional para el rompimiento del paradigma. Un ejemplo sencillo. Cuando en el gobierno 1970-1974 el presidente fue cuestionado sobre el destino de unos dineros públicos y abiertamente señaló que "se los comió en confites" la respuesta popular en aquel momento, fue el aplauso ante el ingenio del funcionario; era una época donde los periodistas, los jueces y los diputados estaban mentalmente constreñidos por la psicología social que veneraba al político -por un lado- y temía las consecuencias de su ira -por el otro- en caso que alguien osara contradecirlo. En la actualidad ni el presidente de la república tiene esa libertad ni la prensa ni los jueces aceptarían un desplante de esa naturaleza. ¿Cambió la Constitución? No, cambió la percepción social sobre los políticos cuyo efecto y consecuencia es una mayor rigurosidad en la calificación de sus conductas y hasta en la persecución judicial de sus acciones. La interpretación generacional de reglas constitucionales tales como (sin ánimo de exhaustividad) el artículo 61 sobre la huelga, el 62 sobre las convenciones colectivas, la del ordinal 64 sobre las cooperativas e incluso la del artículo 84 sobre las universidades públicas, demandan una lectura social distinta en relación con los sistemas políticos, los sistemas de gobierno, la gobernabilidad, el sistema tributario y un largo etcétera, porque actuar en sentido contrario a los tiempos, es gasolina inminente para el irrespeto institucional.


Todavía quedan algunos resabios de ese comportamiento, como se aprecia con el silencio cómplice, la condescendencia e incluso rechazo de muchos de los partidarios de un expresidente de la república contra quien se han presentado denuncias penales y confesiones públicas de algunas mujeres por comportamientos sexuales indebidos.



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