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¿Qué es una buena legislatura desde la óptica de un elector?


En los días transcurridos entre el 25 de abril y hasta -aproximadamente- el 10 de mayo, ambos de 2019, las redes sociales se vieron inundadas de mensajes de los señores Diputados de la República de Costa Rica, felicitándose mutuamente por haber terminado la legislatura más productiva en varias décadas, según su criterio, para lo que subrayaron, que hacer oposición no es obstaculizar las labores del gobierno, sino que era una responsabilidad para con el país, y a partir de ese momento, nació lo que considero, como elector, la nefasta frase y conducta de “oposición responsable”.

Decían los señores y señoras parlamentarias, que los tiempos del filibusterismo legislativo y obstruccionista pertenecía al pasado, que su hazaña legislativa se correspondía con una nueva forma de hacer política, en la que los más sagrados intereses nacionales se anteponían a los partidarios; que el llamado de la patria estaba por encima de las mezquindades partidistas que antaño azolaron la actividad legislativa.

Sin tener el dato estadístico sobre la legislatura acreedora al título de más productiva, a la que se hizo referencia en el primer párrafo de esta nota, lo que los electores tenemos claro, muy por el contrario de lo que los señores legisladores se autoproclaman, es que esta Asamblea Legislativa, cuando menos en esa primera legislatura, ha sido la más o muy dañina en muchísimos años, en términos de bienestar para un elevadísimo porcentaje de la población.

Por más de tres décadas la pobreza en Costa Rica ha oscilado entre el 18% y el 24% de la población, según los datos publicados en todo ese periodo por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, sumado a un porcentaje de desempleo ubicado entre el 8% y 13% en su pico más alto antes del 1 de mayo de 2018, y que con posterioridad a ese periodo legislativo se incrementó cuando menos en dos puntos porcentuales (el dato oficial todavía no está disponible)

La pobreza sostenida y el desempleo ascendente en la población costarricense son dos elementos que contradicen la supuesta productividad del Parlamento en el periodo del 1 de mayo de 2018 al 30 de abril de 2019, porque el valor de la legislación producida se determina en función de los resultados, con desvinculación de la cantidad de leyes y con apego absoluto a los efectos y consecuencias de aquellas en la sociedad.

Como elector y ciudadano activo, con suficiente experiencia de vida para emitir una opinión razonada y respaldada en el conocimiento histórico, considero que son tres las razones que reducen a esta Asamblea Legislativa a la categoría de “olvidable” en lo que va de su instalación al presente. La primera razón es la inexistencia de una definición de objetivos de las organizaciones políticas representadas en el hemiciclo, y esa carencia de proyecto político tiene a sus elegidos dando tumbos descontrolados, acomodándose a las circunstancias porque tampoco tienen metas individuales.

Una y otra y otra vez, los ciudadanos vemos con estupor, otros con resignación y los más con indiferencia, como los diputados presentan y mercadean proyectos de ley en redes sociales de contenido casuístico pero, peor aun, sin un vínculo conductor entre ellos, omisos en una finalidad general que permitan tejer una estructura legislativa; son propuestas nacidas al fragor de un acontecimientos temporal, presentadas en cada caso, por distintos sectores con poder de lobby legislativo, dirigidas a favorecer sus propios intereses.

La segunda razón la atribuyo a la pusilanimidad de carácter de los diputados. La ferocidad con la que atacan al poder ejecutivo en redes sociales contrasta con la mansedumbre con la que le aprueban sus maquetas legislativas, especialmente en el ámbito fiscal. La carencia de “pesos pesados” de la economía, de la de verdad, la del día a día -no de las decenas de teóricos que pululan por las redes sociales y otros medios de comunicación- como consejeros con visión histórica y futurista, ha derivado en la aprobación de leyes empobrecedoras de la sociedad bajo la falsa premisa de resolver en el plazo inmediato un problema de carácter mediato, cuya consecuencia es, que se reduce la capacidad de subsistencia de la población y el problema se mantiene incólume en cantidad y profundidad de afectación.

Esa pusilanimidad de los parlamentarios, cuyo origen los electores todavía no logramos descifrar, ha permitido -sin consecuencias- un comportamiento errático del poder ejecutivo, con coloridas muestras de un “comportamiento casi mafioso” pero impune al punto, que los intereses del poder ejecutivo se mueven al ritmo que este les imponga a los legisladores, quienes lo bailan aunque desconozcan la cadencia.

La última de las tres razones a las que atribuyo la debilidad del Parlamento en este periodo, es la metamorfosis que sufren todos los diputados una vez electos como tales: asumen el rol de asistentes de los Alcaldes municipales. Efectivamente, por más que los diputados del presente cuatrienio pretendan representar una “nueva forma de hacer política” con su profunda y errónea “oposición responsable”, lo cierto es que, su comportamiento no difiere un ápice al de sus predecesores conocido -personalmente- desde 1974 a la fecha: son regidores municipales con salario de diputado.

Invito a cualquiera que me quiera disuadir de lo contrario, que rebusque en cualquier medio de comunicación, digital, televisivo o material, las apariciones de los diputados de ahora, donde el 80% de sus comparecencias públicas, son del orden local cantonal, donde con una errónea lectura del artículo 106 de la Constitución, pretenden resolver problemas que por su naturaleza y contenido, el Código Político y las leyes, delegaron en los consejos y alcaldes municipales.

Si la productividad de la legislatura del 1 de mayo de 2018 al 30 de abril de 2019 está medida en porcentajes de empobrecimiento poblacional, no me queda más que rendirme ante la realidad, porque además de empobrecer y acelerar el desempleo, empoderó al poder ejecutivo al desaparecer tácitamente el control político consustancial al Parlamento y en su lugar, convertirse en el consejo municipal más grande de Centroamérica.

La legislatura más productiva? Esa es una opinión aceptable, claro, pero solamente en quienes la mira de su telescopio político está limitada a ver la curul de su más cercano compañero, porque aun cuando a muchos -o la mayoría- de los legisladores les sobre inteligencia (emocional) para temas ajenos al quehacer político, para nosotros, los electores, la ausencia de capacidad de lectura social los honra con el título de “desastre nacional”. Productividad no es sinónimo de mucho, sino de calidad.

Dr. César Hines C.

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